viernes, 3 de enero de 2020

Campofrío y la obscenidad de la mentira.



Esto se parece a aquello de "Vuelve por Navidad". Esta vez me ha devuelto aquí el insufrible cinismo con que vuelve todos los años Campofrío por Navidad. Una empresa mexicana, que se acoge aquí a las subvenciones, y que nos quiere epatar con los tópicos y sandeces de varios creativos iluminados. 

Y mucha pasta por medio, oiga, que todas tenemos un precio, incluido Quique San Francisco y todos los colaboradores del vídeo que han vendido su careto y su fama mediática a cambio de unas monedas de plata. Lo de la dignidad ya no se lleva en estos tiempos del Dios Mercado y sus mercancías sublimadas como hostias benditas.

Mírenlos y quédense con su cara para recordarles que vendieron 
su careto por un buen puñado de euros para promocionar comida ultraprocesada.

Esta vez los creativos iluminados se han atrevido a ir aún más allá rizando el rizo, y proponiéndonos jugar a contarnos mentiras, que, bien lo saben ellos, es lo que nos gusta que nos digan. Aunque sean incluso mentiras que nos perjudican, como todas las que utiliza esta gente para cubrir de lujosos imaginarios unos productos ultraprocesados, llenos de aditivos y carnes de baja calidad procedentes de la más insostenible ganadería industrial.

Vamos, que no quieren otra cosa que crear un vínculo emocional entre estos personajes y personajillos que nos aportan glamour, buen rollo y confianza, con esta marca mexicana. Como si ellos se alimentaran con mortadela, chopped y pavadas de pavo, todo envuelto y revuelto en plástico y más plástico, todo a precios superiores a otros productos similares del mercado. Basta con mirar las analítica de la OCU al respecto. 

Recuerdo estos datos que obtuve en 2017: además de tener más aditivos (¡Ay, el glutamato!) y menos pavo, la "pechuga" de pavo Finissimas de Campofrío costaba sobre ¡un 40% más que las de Aldi y Lidl!

Estos datos y un detallado análisis del proceso manipulativo los recogí en  la larga entrada que les dediqué hace un par de años: Hasta las narices del Amodio de Campofrío, las 15 Reinas de Pescanova y todas esa publicidad disfrazada de buenas intenciones.  

Creía que me había despachado dejando(me) claro el asunto de estos manipuladores, pero lo de este año me ha vuelto a sacar de quicio.


Primero les contesté en Twitter con algunas variaciones de su campaña:


Esta vez los amigos de Igualdad Animal elaboraron un buen vídeo respuesta, y pusieron una campaña para recoger firmas para algo tan simple como acceder y grabar en sus mataderos. 




Después me sumé al hashtag #fakeCampofrio, donde unos y otros abundamos en argumentos desde nuestros campos de trabajo complementarios. Era tirar piedras al muro de hormigón armado, claro, pero había que hacerlo.

Y, por último, mis colegas de ConsumoQueSuma, el magnífico blog anticonsumista del diario  El Salto, publicando un magnífico artículo de Rosa Díez titulado "Campofrío. Ni con espumillón", donde, entre otros valiosos materiales, han insertado una de mis piezas de contrapublicidad, y han enlazado la entrada arriba comentada.

Y, por último, ayer  me crucé de nuevo con el puto (perdón) spot, y ya no he podido resistirme para dedicarle un par de horas al vídeo que tienes a continuación.

Solo he tenido que intercalar frases del artículo de Rosa Díez con la canción aquella que cantábamos de pequeños. Espero que os guste y os sirva para algo con vuestros alumnos.



Y NO, lo repito, NO SOMOS TONTOS, pero tampoco los SERES RACIONALES que nos creemos. Somos tan solo seres emocionales que utilizan la racionalidad en solo una parte de sus decisiones.

Como con otras funciones corporales, necesitamos ejercitar mucho el músculo de la racionalidad para aplicarlo con más frecuencia.  Le escuela es un gimnasio para ello. Y allí debería estar como una materia fundamental la Educación Mediática, la que nos puede proporcionar instrumentos para, entre otras cosas, aprender a poner en cuestión esos vínculos emocionales que la publicidad crea entre las mercancías y nuestros deseos y necesidades más íntimas.

Pasa con Campofrío y pasa con todo lo que tocan los publicistas a base de creatividad, ciencia y muchísimo dinero. Un dinero extra que luego va a pagar encantado el consumidor. 

No somos tontos,  pero nos tratan como tales y suelen acertar.